Hijos, la oración es la mejor práctica espiritual para abrir el corazón a Dios y crear un vínculo emocional con Él. Es como un puente que conecta el jivatma y el Paramatma. Cuando un niño pequeño vuelve del colegio a casa, deja caer su mochila, corre hacia su madre y le cuenta con entusiasmo lo que ha pasado en el colegio, las historias que ha contado su profesor y las cosas que ha visto de camino a casa.
De la misma manera, la oración ayuda a cultivar una relación sincera con Dios. Contarle todo nos ayuda a descargar nuestro corazón. Debemos cultivar la actitud de que Dios es nuestro único refugio. Debemos considerarlo nuestro mejor amigo, alguien que siempre está con nosotros, tanto en la necesidad como en cualquier otra circunstancia.
Cuando abrimos nuestro corazón a Dios, sin saberlo, nos elevamos a las cimas de la devoción. Pero hoy en día no muchas personas han comprendido este beneficio de la oración. Para muchos, la oración significa suplicar por el cumplimiento de sus deseos. Esto no es amar a Dios. Es amar los objetos de nuestro deseo. Hoy en día, hay personas que incluso rezan para que otros sufran daños. Un devoto nunca debe pensar en hacer daño a los demás.
“Dios, que no haga nada malo. Por favor, dame la fuerza para perdonar a los demás por el mal que hacen. Perdona mis pecados. Por favor, bendice a todos con bondad”. Así debería ser nuestra oración. Orar así nos da paz.
Las vibraciones que emanan de tales oraciones pueden incluso purificar la atmósfera. Una atmósfera pura tiene un efecto benigno en la vida de las personas. La oración ideal es aquella que busca el bienestar del mundo. La oración desinteresada es la necesidad del momento.
Cuando arrancamos una flor para la puja, consciente o inconscientemente, somos los primeros en saborear su belleza y fragancia. Cuando rezamos por el bienestar del mundo, nuestro corazón se expande. Nuestras oraciones también benefician al mundo.
Al igual que una vela se derrite mientras da luz, un verdadero devoto anhela hacer sacrificios personales para ayudar al prójimo. Su objetivo es alcanzar una mente dispuesta a olvidar las dificultades personales en un intento por hacer felices a los demás. Las personas con esa mentalidad no necesitan ir a ningún sitio en busca de Dios. Dios vendrá en su busca. Dios siempre estará con ellos como socorro y fortaleza.
Para recordar a Dios, hay que olvidar. Estar realmente centrado en Dios es estar plena y absolutamente en el momento presente, olvidando el pasado y el futuro. Solo eso es la verdadera oración. Intenta orar hasta que tu corazón se derrita y fluya en forma de lágrimas.
Se dice que el agua del Ganges purifica a quien se baña en él. Las lágrimas que llenan los ojos, mientras se recuerda a Dios, tienen un tremendo poder para purificar la mente. Esas lágrimas son más poderosas que la meditación. Esas lágrimas son verdaderamente el Ganges.
Dios es compasión. Él espera a la puerta de cada corazón. Es un invitado no deseado en todas partes, porque lo llames o no, Él está ahí. Seas creyente o no, Él está dentro de ti sin haber sido invitado.
Dios se esconde detrás de cada forma, detrás de todo. Él embellece las cosas y les hace ser lo que son. Él es la fórmula oculta de la vida. Pero no se te revelará. No lo sentirás a menos que lo llames. La oración es la invitación.