La impaciencia destruye

¿Qué es satsang?

 

Satsang: Sat: Verdad, Ser. Sanga: unirse a.

Satsang: unirse a la Verdad, al Ser. Estar en compañía de un Mahatma (Maestro Realizado). También escuchar un debate o charla espiritual. Encuentros para hablar de la Verdad Suprema. 

En el centro Amma de Piera el satsang consiste: en la recitación de los 108 nombres de Amma, lectura y reflexiones por parte de Ânand de las enseñanzas de Amma, meditación de las flores blancas con la voz de AMMA, bhajans (cantos devocionales) y Arati.



SINTESIS SATSANG 23.06.2024
Enseñanzas de Amma, compartidas por Luis
 


La impaciencia destruye

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El crecimiento espiritual es producto de una evolución y no de una revolución. En su impaciencia, la gente tiende a ser revolucionaria. Pero una revolución resulta siempre destructora. Desgraciadamente, en nuestra época moderna la gente pide progresos espirituales tan pronto como sea posible. Piden nada menos que la Realización instantánea. Podéis imaginar a una madre que dijese a su bebé: “¡Quiero que te hagas adulto al momento! ¿Por qué vas a ser un adulto tanto tiempo? ¡Date prisa, no tengo tiempo para esperar!”. ¿Qué pensaríais de una madre semejante? Creeríais que es una insensata o que está totalmente trastornada. La gente quiere milagros. No tiene paciencia para esperar ni para realizar el más mínimo esfuerzo. No comprenden que el verdadero milagro consiste en abrir su corazón a la Verdad Suprema. Pero este florecimiento interior es un proceso lento y regular. La naturaleza procede siempre por evolución. Incluso cuando se trata de la eclosión de una flor, Dios aporta el mayor cuidado y tiene una paciencia extrema, y la eclosión de la flor es un milagro. Son precisos 9 meses antes de que un niño esté preparado para nacer, y este nacimiento es un milagro. Dios jamás tiene prisa. Procede por evolución. Sólo así puede efectuarse un crecimiento verdadero.

Amma no dice que sea imposible que la Realización Suprema se produzca en un segundo. Podría llegar en todo momento por la Gracia del Maestro. Pero, ¿estáis preparados? Hay personas que dicen: “¿Por qué tendría que prepararme si ya soy Eso?”. Si, eres Eso, pero ¿qué hay del fardo de negatividad que sigues llevando? ¿Qué hay de tu ego? Mientras exista la más mínima huella de apego tenéis que trabajar para liberaros de ella. El sentimiento de que sois el cuerpo y la mente son una forma de apego, al igual que la ira, el odio, el deseo y la envidia. Cuando os halláis bajo el embate de tales sentimientos os resulta imposible conocer la Verdad que está en vosotros y que es vuestra verdadera naturaleza. Por ello, es necesario el proceso de la sadhana (prácticas espirituales).

         La gente tiene innumerables deseos y exigencias que quiere satisfacer tan pronto como sea posible. Desean resultados, pero no tienen paciencia para trabajar y obtenerlos. Para convertirse en un gran artista, un gran sabio o para hacer fortuna, a la gente le parece normal que haya que estudiar durante años. Pero cuando se trata de realizar a Dios se quiere un éxito inmediato. La impaciencia sólo tiene efectos negativos.

         Todo el mundo conoce la historia de los Pandavas y los Kauravas. Los Pandavas nacieron gracias al poder de los mantras (fórmulas sagradas), y Yudhisthira, el mayor de los cinco hermanos Pandavas, vino al mundo después de que su madre Kunti hubiese invocado a una divinidad. La reina Gandhari, que estaba embarazada en aquel momento, se vio presa de una gran impaciencia. Se golpeó el vientre con tanta violencia que se provocó un falso alumbramiento y dio a luz a un amasijo de carne. En ese instante, un gran sabio se apiadó de ella y acudió en su ayuda. Dividió el trozo de carne en 100 pedazos y depositó cada trozo en un pote sellado. Insufló su energía vital en cada uno de los 100 potes y conminó a Gandhari a que no los abriese antes de transcurrido un cierto periodo de tiempo. Pero una vez más, la impaciencia se apoderó de Gandhari, y se vio incapaz de esperar, con lo cual procedió a abrir los potes antes de llegado el plazo. Por esta razón los Kauravas nacieron imperfectos y llenos de malas disposiciones mentales. Fueron el instrumento de la destrucción de todo el clan.

         La impaciencia impidió a Gandhari esperar a que el sankalpa del sabio surtiese efecto. Si hubiese tenido bastante paciencia, habría tenido hijos brillantes y virtuosos como los Pandavas. Los gérmenes de bondad que los Kauravas, como toda parte de la creación llevaban en ellos, fueron destruidos a causa de su impaciencia. Como consecuencia, tuvo como hijo mayor a Duryodhana, el príncipe malvado. Su impaciencia fue, pues, la causa de una terrible destrucción.

Amma se calló y cantó un bhajan:

¡Oh hombre!

Tú, que buscas la dicha en este mundo,

¿has conocido un solo segundo de paz interior?

Sin asumir la Verdad,

Corres tras la sombra de Maya.

Conoces la misma suerte que la mariposa nocturna

Engañada por el brillo de la llama.

En el transcurso de las épocas has evolucionado

A través de diferentes reencarnaciones,

Insecto, pájaro o animal,

Y finalmente has tomado nacimiento en forma de ser humano.

¿Qué otro objetivo podría tener la vida humana,

Que no fuese realizar el Ser?

Renuncia al orgullo y a la codicia,

Abandona la vida de ilusiones,

Y consagra tu vida humana

A glorificar al Brahman Supremo.

La realización de Dios es tu derecho de nacimiento.

No desperdicies esta vida preciosa.

 

Cuando hubo terminado el canto, un devoto le dijo a Amma que comentase la historia de Gandhari. Amma: “La especie humana corre en pos de su destrucción. La gente no tiene paciencia para esperar que el sankalpa de Dios surta efecto en su vida o en la sociedad en general. Están cegados por su impaciencia y por su sed de placer inmediato. El ego siempre quiere aceptar los desafíos y satisfacer sus deseos lo más rápidamente posible. En su prisa, la gente pierde la paciencia y el discernimiento, lo que oscurece su visión. Si no se pone fin a esto, acabará por convertirse en un desastre. Cuando todos en la sociedad se hayan cegado totalmente, los tropiezos serán constantes: los individuos, las comunidades y las naciones se enfrentarán. La impaciencia engendra discordia e imperfección. Los males del mundo actual, provocados por la impaciencia de la gente, fraguan el camino hacia una formidable destrucción. A menos que nos despertemos, todo esto parece inevitable. Esta es la moral de la historia.

El divino sankalpa de Dios está en funcionamiento hasta en el mínimo átomo de la creación. La divinidad siempre está presente, pero nuestra impaciencia cierra las puertas e impide que el sankalpa divino surta efecto en nuestra vida. Duryodhana, hijo de la impaciencia, cerró todas las puertas de su corazón, por lo cual la gracia y la Luz de Sri Krisnha no pudieron entrar en su vida. Tenía en su corte numerosos sabios, pero ninguno de ellos logró abrirle los ojos. Su maldad y su impaciencia extrema le incitaban a tomar decisiones apresuradas que no gustaban a las personas de su entorno.

         Sólo un desarrollo profundo, progresivo y regular puede tener un efecto real. El lema de Dios es: evolución. El crecimiento que nos permite acceder a la conciencia divina es casi siempre un proceso evolutivo. Antes de entrar en el reino de la Verdad, tenemos que adquirir la pureza y madurez necesarias. Esto es lo que nos aportan los rituales. Una vez que hemos obtenido estas virtudes estamos preparados para sumergirnos en el océano de sat-chit- ananda (verdad-conciencia-dicha) y ya no necesitamos acciones ni rituales. Cuando actuamos o hacemos rituales deberíamos tener en cuenta que el conocimiento del Ser es la meta final. En la época de Krishna la gente había olvidado en qué contexto efectuaba esos ritos. Estaban apegados a ellos y no hacían esfuerzo alguno para trascender el aspecto ritualista de la religión. Habían olvidado que estas prácticas tenían como fin conducirnos a la meta suprema. De aquí las críticas hechas por Krishna. No creáis pues, hijos míos, que Krishna tuviese nada en contra de los rituales védicos es sí mismos. Si leéis el Bhagavad Gita correctamente comprenderéis lo que realmente quería decir.

         Si observáis un árbol os daréis cuenta que el fruto jamás aparece antes de la eclosión de las flores y de su caída del árbol. En el camino espiritual, el fruto final es el conocimiento del Ser. Para obtenerlo, es preciso que las flores de la acción (karma) se desvanezcan y caigan.

Unos días después de este satsang dado por Amma se produjo una anécdota que ejemplifica perfectamente cómo Amma sabe perfectamente cuál es el estado interior de sus hijos y en qué momento ha de actuar para acercarnos a Ella, sin prisa, dejando madurar lo que haya que madurar, como haría un buen jardinero con sus flores.

         Eran las 4 de la mañana cuando Amma terminó de dar darshan. Los devotos se habían quedado sentados durante horas cerca de Amma contemplando su rostro radiante, fresco, nuevo, que nunca perdía su carácter familiar. Habían bebido durante horas de la copa inagotable de su Amor divino sin moverse de su sitio más que para ir al darshan. Amma se levantó finalmente y se preparó para salir, cuando se detuvo de repente para mirar a alguien que estaba sentada en el fondo de la sala. Llamó: “Mol (hija mía)”. Todo el mundo se giró para ver a quién se dirigía. Ella la llamó de nuevo: “Mol, ven”. Un instante después una joven se precipitó hacia Amma, llamándola: “¡Madre, Madre!”. Algunas personas se disponían a alejarla por la fuerza, Pero Amma les detuvo diciendo: “¡No, dejadla! Tiene un gran sufrimiento. Dejad que desahogue su pesar.” Se contentaron, pues, con contemplar la escena sin intervenir. Pasaron algunos minutos. La mujer seguía tumbada a los pies de Amma llorando profusamente. Amritatma y algunos otros se impacientaron y avanzaron hacia ella pidiéndole que se levantase. Esta vez Amma no dijo nada, pero los detuvo mirándolos severamente. Pasaron algunos minutos más y después la mujer se levantó lentamente arrodillándose ante Amma. Juntó las manos en señal de respeto y miró el rostro de Amma. Intentó hablar a través de sus lágrimas, pero la fuerza de su emoción se lo impidió. Amma le sonrió con una expresión de profunda compasión y la abrazó. Nuevamente, la joven se fundió en lágrimas. Amma cerró los ojos y pareció deslizarse a otro mundo. Ella mimaba a la mujer, acariciándole el pelo, mientras murmuraba: “Mol, mol…”.

         Después, suavemente, Amma le dijo: “¡Mi hija querida, mi niña, no llores más! ¡Amma conoce muy bien tu corazón!”. Los testigos de la escena se dieron cuenta de que Amma se enjugaba sus propias lágrimas. Viendo esto, varios de los que se encontraban allí no pudieron impedir ponerse a llorar.

Este incidente ilustra la siguiente afirmación de Amma: “Cuando estáis en presencia de Amma, Ella se convierte en vosotros. Amma es como un espejo. Refleja los sentimientos de sus hijos”.

Por fin la mujer logró apaciguarse. Amma la abrazó una vez más, besándola en ambas mejillas, y después salió lentamente de la sala. Al pasar, testimonió afecto a todos aquéllos que se encontraban en su camino. La atmósfera estaba impregnada de su amor.

Al día siguiente, la mujer que tanto había llorado a los pies de Amma confesó a Amritatma lo que le había pasado. Había llegado a la sala justo antes del comienzo del programa y se había quedada sentada al fondo durante todo el tiempo, mirando cómo Amma daba el darshan. No tenía intención de ir. Había una razón para su reticencia: había cometido en el pasado algunas faltas graves que juzgaba imperdonables; se sentía, pues, extremadamente culpable. Viendo a Amma y el amor infinito que derramaba sobre todos, había pensado que una pecadora como ella no merecía recibir un amor semejante. Habiendo decidido no ir a recibir el darshan, había llorado durante todo el programa. Pero Amma la había visto y llamado al final, no ignorando nada respecto a su sufrimiento interior.

Algunos días más tarde, en el coche que conducía a Amma al programa de la tarde, Amritatma le preguntó por qué aquella tarde había esperado hasta el final del darshan para llamar a esa mujer. Amma dijo: “Mientras esta hija permanecía sentada durante tanto tiempo en presencia de Amma, y mirándola, tomó conciencia de repente del terrible peso de culpabilidad que llevaba encima. Esta toma de conciencia creó la necesidad de vaciarlo todo y librarse de él. Mientras estaba sentada en el fondo de la sala, percibía el profundo amor de Amma, el que le ayudaba a apaciguar su sufrimiento interior. Todas esas lágrimas se llevaron su sentimiento de culpabilidad, y cuando Amma por fin la llamó, estaba dispuesta a descargar su corazón y encontrar la paz a la cual aspiraba. Esto no hubiera sido posible si Amma la hubiese llamado al comienzo del darshan, puesto que necesitaba tiempo para abrirse. Para que las cosas tengan un efecto duradero es necesario un proceso bien definido.

En realidad, no hay pecadores puesto que la iluminación está latente en todo ser humano, incluso en el peor de los “pecadores”, esperando revelarse en su momento adecuado. Nadie es, pues, realmente pecador. No existe más que el Atman. Amma no utiliza la palabra pecador más que por la comodidad de la explicación. Un pecador puede encontrar la paz sólo en presencia de un Maestro, puesto que su mente puede entonces fluir libremente. En esa atmósfera de amor incondicional se funden todos los pecados. El embalse que encierra la mente se abre y permite a la mente endurecida y a sus emociones suavizarse y fluir sin obstáculo alguno.

Esta hija se encontraba atrapada en su sufrimiento. Jamás tuvo la posibilidad de liberarse de la culpabilidad y del pesar acumulados en su mente puesto que nunca se había encontrado con las condiciones favorables para ello. El sufrimiento había quedado oculto profundamente en su interior.

Tratáis de cubrir vuestro dolor con pensamientos, objetos y placeres diversos. Por ejemplo, os compráis un coche nuevo o una casa, cambiáis de amigo o de amiga, y como seguís recubriendo vuestro dolor con capas de cada vez más numerosas distracciones, este dolor se endurece con la edad; se hace cada vez más fuerte y su embate se hace cada vez más sutil. Luego vais a ver a un psicoterapeuta pero, ¿qué puede hacer él por vosotros? También él está enganchado en la trampa de su propia mente. Todo lo que puede hacer es ayudaros a recubrir vuestro dolor con una capa suplementaria, y mientras, el sufrimiento permanece en vosotros sin posibilidad alguna de curarse. Cualquiera que trate de ayudar a alguien a curarse de un dolor semejante se dará cuenta de que ninguna curación ni ningún cambio pueden producirse mientras que su propia conciencia no se encuentre a un nivel más elevado que el de la persona a la que trata de ayudar. Lo que cuenta es el nivel de conciencia. Un ser realizado se sitúa en el nivel de conciencia supremo; ha llegado a la cima. En su presencia se desvanece todo sufrimiento, y las heridas psíquicas se curan espontáneamente.

Sólo un Satguru puede conceder la gracia necesaria y crear las condiciones adecuadas para que vuestro dolor emerja. Es exactamente esto lo que se produce. El sufrimiento de esta mujer salió a flote. La presencia de Amma le permitió librarse del peso de culpabilidad que había estado llevando durante tantos años.

La mejor manera de liberarse de una pesada culpabilidad, que es comparable a una herida infectada que os carcome desde dentro, es hacerse plenamente consciente de ella. Esto no puede producirse más que en presencia de un verdadero maestro. El maestro muestra las profundas heridas que supuran en vosotros. Os ayuda a tomar conciencia de los graves perjuicios que os han causado y de la forma en que han estropeado vuestra vida. Finalmente, gracias a su compasión y amor infinitos, estas heridas se curan.

Os voy a contar una historia que os permitirá quizá comprenderlo mejor. Había una vez un hombre rico que siempre estaba sumido en el trabajo y que padecía un gran estrés, ya que había perdido su paz interior. Consultó a diversos médicos y terapeutas para tratar de encontrar un remedio a su problema. Todos, incluidos sus amigos, le apremiaban para que dejase su trabajo, descansase, se quedase en casa y gozase de una vida apacible. Pero ni los consejos ni los medicamentos que recibía parecían ayudarle. Un día, oyó hablar de un gran maestro que vivía retirado en una gruta aislada. Estaba tan desesperado que decidió ir a hacerle una visita. Después de un largo y difícil viaje, llegó finalmente a su destino. Estaba helando y, sin embargo, el santo estaba sentado desnudo en la cueva. Con un gesto apacible señaló al visitante que se sentase a su lado; después cerró los ojos y entró en samadhi. Permaneció así durante tres días, mientras que el visitante se quedó pacientemente sentado sin moverse en la gruta helada, sin comer y dormir, ya que deseaba liberarse de este sufrimiento. Al tercer día, el santo abrió los ojos y le dijo: “Deja tu trabajo y descansa. Quédate en casa y goza de una vida tranquila.” El hombre escuchó las palabras del sabio y volvió a su casa. Algunos días más tarde sus amigos le visitaron. Se sorprendieron de ver la paz y alegría que emanaba. Se preguntaron cómo podía haberse producido una transformación semejante en tan poco tiempo. Cuando les contó la visita que hizo al santo y les habló de sus palabras, exclamaron: “¡Pero si esto es exactamente lo que nosotros, desde hace años, te hemos aconsejado que hicieses!” El hombre sonrió y dijo: “Quizá os hayáis servido de las mismas palabras, pero escuchándolas de boca de un verdadero maestro, de repente he tomado conciencia de su verdadero sentido oculto. Cuando el maestro pronunció estas palabras, sabéis, tuve una revelación. Me vino a la mente con claridad que “dejar el trabajo y descansar” significaba retirar los sentidos del mundo de la diversidad, y “quedarme en casa para gozar de la paz” significaba permanecer establecido en el Ser, viendo todo como manifestación de la divinidad. La presencia del maestro y el poder de su palabra han reducido a la nada mis miedos y tensiones. Al fin gozo de verdadera paz interior.

Hijos míos, una verdadera transformación no puede producirse más que en presencia de un ser realizado. Pero la mujer que lloraba, así como el hombre de esta historia, han tenido que hacer un esfuerzo antes de llegar a conseguir paz interior. Sin embargo, en realidad no es necesario hacer ningún verdadero esfuerzo, puesto que esto no implica fuerza o tensión alguna. El esfuerzo se produce sin dolor, espontáneamente -llega por sí mismo. Las barreras del corazón se abren permitiendo que la gracia del maestro se derrame y aporte a nuestra vida una luz y una energía renovadas.

La exactitud de las palabras de Amma quedó manifestada con prontitud. En efecto, la mujer volvió poco después a ver a Amma y le confesó que se sentía una persona diferente y que por primera vez desde hacía años estaba relajada y en paz consigo misma.

Amritatma hizo otra pregunta a Amma: “Amma, podrías haber aniquilado su sufrimiento con un simple sankalpa sin que hubiese tenido que estar llorando así durante horas. ¿Por qué no lo has hecho?”

Amma: “Hijo, esto es exactamente lo que ha pasado. El sankalpa de Amma estaba en marcha -siempre está presente. ¿Por qué piensas que esta mujer tuvo la idea de venir a ver a Amma? Y si hubiese venido por su propia voluntad, podría haberse ido, en lugar de quedarse sentada en el fondo de la sala llorando durante todo el darshan.  ¿Por qué se quedó durante tanto tiempo?  Y finalmente, ¿por qué se abrió hasta ese extremo? ¿Piensas que todo esto podría haberse producido sin el sankalpa de Amma? Su esfuerzo personal no habría bastado. La Gracia y el sankalpa divino siempre están en funcionamiento.

Las situaciones que nos permiten abrirnos y crecer interiormente no pueden producirse más que gracias al sankalpa de Dios o del gurú. Nada llega por azar. Deberíamos ser conscientes de ello.”


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